Paradojas del deseo.

Si habláramos con propiedad acerca de lo que sucede en el arte de nuestra época, tendríamos que admitir que hoy no existe un solo tipo de artista, sino muchos. La ampliación de los soportes, técnicas, métodos, formas, ámbitos y finalidades de la producción artística ha multiplicado a la vez las variantes específicas de esa profesión que denominamos artista plástico o artista visual. De ahí que sea inexacto usar una designación estrecha y excluyente para referirnos a ese creador de la visualidad, sea este tradicional, moderno o del abierto mosaico expresivo que, por facilidad e incapacidad discursiva, solemos llamar «contemporáneo». Decir ARTISTA ya no es suficiente, por lo que se requiere precisar a cuál de los numerosos hacedores del «universo» estético nos estamos refiriendo.
En tiempos de Vasari la cosa era más simple: había artesanos y hombres que alcanzaban una dimensión más alta en el ordenamiento de los servicios simbólicos: pintores, escultores, dibujantes, grabadores, orfebres… Arte y técnica eran sinónimos, aunque la posición social de las funciones suponía una escala en los oficios. Paulatinamente se armó el nivel de las bellas artes y aparecieron otras ocupaciones. Algunas que funcionaban en los predios de la publicidad, la industria, los escenarios y la decoración, fueron consideradas ancilares. El siglo xx, con su revolución científico-tecnológica incesante y la libertad del espíritu gestor, entrelazó a diversas manifestaciones artísticas, y a estas con otras de la cultura material y espiritual. El campo del arte y el extraartístico lograron combinaciones que devinieron canales de la subjetividad individual. La cinematografía, el traje, el cuerpo, los espectáculos y rituales más diferentes, los medios de difusión masiva, el contexto urbano, el video y los supuestos inmateriales de la ocurrencia humana dieron paso a nuevas variantes de expresión visual y audiovisual que, con la llegada del ciberespacio y las operaciones digitales, alcanzaron rutas inusitadas y engendraron identidades profesionales de muy distinto sentido y modo de caracterizarse. Hubo quienes creyeron que se había consumado, en las postrimerías de la pasada centuria, la vieja y cacareada idea fatalista de la «muerte del arte», cuando en verdad la esfera de la cultura estética se desarrolló y multiplicó en correspondencia con la complejidad de la realidad y las personalidades a nivel global.
No obstante el subdesarrollo que arrastra la región, América Latina y el Caribe no quedarían fuera de esos cambios en la tipología del hombre de arte. Hubo en estos países una inevitable bifurcación: se mantuvo el ejercicio convencional afirmado en cánones posindigenistas, académicos, sincréticos o protomodernos, a la par que se abrió una actitud de invención que bebía de fuentes internacionalizadas, y en los mejores casos expandía creadoramente las alternativas de significante y significado profundamente autóctonas. Tanto el constante uso de modelos productivos viejos en los géneros artísticos, como la adopción de los nuevos —donde no pocas veces se tiende a confundir la validez del código con la reproducción desnaturalizadora del imaginar ajeno— han propiciado operatorias que compulsan la formación de adecuados operarios. Es un fenómeno normal de la presencia de tiempos paralelos en el paisaje iberoamericano, señalada por Alejo Carpentier, que ha sido enriquecida con el tejido de fusiones y descubrimientos aportados por la centuria veinte, lo que ha traído consigo numerosas maneras de hacer y comprender el arte.
A las categorías endógenas y cosmopolitas del artista extendidas en Nuestra América, que ocasionalmente incorporaron variables de la profesión nacidas de procesos populares convertidos en proyectos estatales —lo que ocurrió con la gráfica social y el muralismo de la Revolución Mexicana, o el cartel y las vallas de la Revolución Cubana— se sumarían hacedores especializados en happening y arte corporal o performance, artistas del video y recuperadores de la lógica constructiva de los mitos, singulares artífices de land-art y arte ecológico, e imagineros que combinan lo artesanal con ideologías estéticas de la contemporaneidad. Igualmente tienen asidero en el panorama cultural de nuestras naciones los «investigadores» que proceden según principios de la especulación típica del arte, junto a virtualistas y contraculturales, transpintores y cultores de lo efímero, además de los impresores que se valen de técnicas híbridas o instrumentos utilitarios de la existencia cotidiana y soportes insólitos. Tampoco faltan los nuevos tipos de fotógrafos y quienes transforman el medio digital en vehículo para búsquedas imaginativas.
Si buena parte del mercado pragmático de arte actualmente rige desde posiciones restrictivas —que oscilan entre exigir la visión convencional con fácil recepción o vender la simple pieza para decoración de interiores y los «jueguitos» epidérmicos disfrazados de modalidades «contemporáneas»—, hay algunas bienales no del todo contaminadas por el negocio y centros para muestras experimentales que se han ocupado de valorar y apoyar a los tipos de artistas que toman partido por las prácticas estéticas genuinas. Ese campo no alienado del arte visual sirve de «rosa de los vientos» a noveles profesionales que prefieren exteriorizar sus percepciones y sentimientos, sus criterios y dudas, aun cuando tengan que renunciar al lucro y la plena estabilidad económica.
De hecho, la noción misma de artista participa del dilema de nombrar a un simple productor de mercancías «estetizadas» o designar a quien porta en su interior los signos distintivos de una osada subjetividad. Para los galeristas, curadores, funcionarios, coleccionistas y críticos interesados solo en resultados financieros, los mejores artistas serán aquellos que respondan a las distintas solicitudes mercantiles, aunque en estos no actúen preocupaciones dialógicas, reveladoras, ideosignificativas y críticas propias del legítimo arte. Se trata de una realidad dramática que tiende a fijarse como norma hasta en países como Cuba, donde acciones institucionales provistas de fecundo sentido cultural quisieron liberar lo artístico del «reino de la compraventa», e instituir en su lugar caminos de creación con la orientación de la conciencia.
Pero más allá de esas clasificaciones que responden a particularidades del modus operandi artístico, están las de naturaleza sicológica, social, ideológica, ética y económica, usadas frecuentemente en la comunicación interpersonal: artista de avant-garde, conservador, mediocre, rico, falso, superficial, filosófico, romántico, sensual, erótico, comercial, oportunista, contestatario, satírico, oficioso, esquemático, inconforme, pobre, megalómano, rural, urbano, calculador, repetitivo, renovador, neurótico, mimético, pedestre, ecléctico, dependiente, original, inestable, recurrente, simulador e iconoclasta, entre otros. Son nominaciones que retratan atributos universales del comportamiento y la esencia de los artistas en relación con su contexto, procedencia, nexos vitales, formación y propósitos. Estas últimas constituyen también demostración de que decir ARTISTA es una vaga generalización, cuando cada vez el término alcanza mayor número de acepciones.